María, mujer de la Nueva Alianza
María, mujer de la Nueva Alianza
Este título de María fue adoptado por las Hermanas Adoradoras de la Sangre de Cristo en 1971, durante su XIII Asamblea General. Su objetivo es despertar una dimensión mariana en su espiritualidad, que fomente la consagración personal a Dios y la plena adhesión a Jesucristo. Litúrgicamente, se celebra el 15 de septiembre.
María lleva en su seno a Aquel que establecerá la Nueva y Eterna Alianza en la cruz. Elegida por Dios, ocupa un lugar especial en la historia de la salvación. No solo recibe al Hijo de Dios, sino que lo acompaña al Calvario y es testigo de la resurrección. Vive plenamente esta dimensión de participación en algo nuevo, realizado por Aquel que fue concebido en su vientre por obra del Espíritu Santo.

En el Antiguo Testamento, el Arca de la Alianza era fundamental para que el pueblo comprendiera su identidad como “Pueblo de Dios”, el pueblo elegido al que el Señor exigía fidelidad. Era una “señal” y, por lo tanto, ocupaba un lugar central y se llevaba consigo siempre que el pueblo se desplazaba. Dentro del Arca se encontraban las tablas de la Ley, de la Alianza: “Estableceré mi morada entre vosotros… Andaré entre vosotros, y seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (Levítico 26:11-12).
A María se le dice, justo en el momento de su vocación: “El Señor está contigo” (Lucas 1:28). Y por esta razón confió y permaneció fiel hasta el final. Ella da a luz en su carne al Hijo de Dios, y en su carne vivirá el misterio de la salvación, con el derramamiento de la sangre de Jesús, en su entrega total por amor y para la reconciliación de la humanidad. Es aquí (primero en las Bodas de Caná) donde el Hijo se dirige a su madre como “Mujer”, para que su mirada pueda alcanzar la profundidad y la grandeza de la novedad que su Hijo vino a traer a la tierra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Juan 19:26). Es la participación materna en el misterio de la salvación.
En resumen, toda la grandeza de María apunta a una realidad superior: Jesús Cristo. María no es la fuente de la Nueva Alianza; Cristo lo es. María es la sierva que la acoge. Ella no es el centro de la salvación; el centro es Cristo. Pero precisamente porque pertenecía enteramente a Dios y estaba completamente a disposición de su Palabra, ocupa un lugar único en el misterio de la redención.
Por lo tanto, contemplar a María es aprender a decir con ella: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1:38).
La Mujer del Nuevo Pacto enseña a la Iglesia que la verdadera grandeza no reside en ocupar el lugar de Dios, sino en acoger a Dios, guardar su Palabra y guiar a todos hacia Cristo.
“"Haz lo que él te diga."” Este sigue siendo el mensaje esencial de María para la Iglesia de todos los tiempos.
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