Sembrar y cosechar
Sembrar y cosechar
En las Sagradas Escrituras, Jesús nos habla, en la parábola del sembrador, de lo crucial que es para nuestra vida espiritual permitir que nuestros corazones sean buenos campos. Pero no basta con esperar el milagro del fruto. Es necesario cuidar la tierra para que sea fértil. También es necesario tener cuidado con las malas hierbas, que con tanta frecuencia crecen inofensivamente y terminan asfixiando la buena planta. Es necesario tener fe en el agricultor que es capaz de hacer un gran árbol de una pequeña semilla.

¿Qué espera el agricultor de la semilla? Que dé mucho fruto. Jesús dice que da ciento, sesenta o treinta veces más: siempre da, según la capacidad de la tierra, es decir, del corazón.
Un detalle importante más: la semilla tiene que morir para dar mucho fruto; es decir, la fertilidad debe ocurrir. Morir para vivir.
Hoy, en una sociedad donde el tiempo vuela, la semilla y el campo se ven obligados a producir frutos de inmediato, porque es necesario cosecharlos y obtener ganancias. Luego, se examina cuidadosamente el aspecto de la cosecha, descartando a menudo los frutos menos atractivos. La prisa impide la contemplación, el cuidado afectuoso: contemplar la planta que emerge de las profundidades de la tierra, desarrollándose y creciendo, mostrando primero la flor y finalmente ofreciendo el fruto. Y si el sol aprieta, si la tierra está agotada, si surge alguna amenaza, el agricultor se ensucia las manos de inmediato, pues la cosecha depende de sus acciones.
San Gaspar nos enseña a sembrar, incluso donde los campos son estériles o la maleza amenaza la buena semilla. La buena semilla, que es la Palabra de Dios, dará buen fruto en la sociedad. ¡Cuán importante es la Palabra de la Verdad para que haya paz en los corazones, en las familias, en la sociedad! Por eso, los Misioneros de la Preciosa Sangre son misioneros de la Palabra, la buena semilla, que con el tiempo dará buen fruto. No hay necesidad de apresurar la cosecha: todo a su debido tiempo.
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